Impreso para la Historia

EL VIEJO CALVARIO

Antes

El Viejo Calvario, inscrito en el Reglamento de la Traslación de la Nueva Guatemala de la Asunción en 1775, se construyó al final de la Calle Real (6a. Av. y 18 calle actual); en aquel entonces, la última cuadrícula urbana. La bendición de esta iglesia se hizo solemnemente el 20 de febrero de 1787.

Un calvario peatonal, parece haber sustituido al Viejo Calvario, templo construido al final de la 18 calle de la zona 1, hace más de dos siglos.

Jorge Mario Juárez D.

maga21@sigloxxi.com

Unos construyen y otros destruyen. El eterno sube y baja que nos mantiene a los guatemaltecos empezando siempre".

Ahora

Donde se encontraba inicialmente el templo de El Calvario, se encuentra hoy el Colegio Mateo Perrone y una cafetería de comida

Se alzaba sobre una pequeña colina de 44 gradas, para llegar luego a una plaza empedrada con una fuente al centro y a sus lados varias capillas. Los terremotos del 1917-1918 lo dañaron parcialmente, pero se reconstruyó con celeridad.

Aun así, su vida como iglesia ya estaba marcada, pues en los años

20 se iniciaron los trabajos del nuevo Calvario.

Durante la gestión presidencial del general Jorge Ubico se remodeló el templo, y se le dio nueva forma en eestilo "renacimiento gallego", como se decía en fuentes de la época.

En su interior en 1934 se instaló el Museo Nacional de Historia y Bellas Artes.

Después de la Revolución de Octubre (1944), cuando se pensó en ampliar la Sexta Avenida (1948) se destruyó este importante monumento histórico, cuando fue alcalde de la ciudad Mario Méndez Montenegro.

Refiriéndose a este hecho, en El Imparcial del 4 de mayo de 1983, Ramón Celada Carrillo escribió: "Y así se escribe la historia.

rápida. Es el paso de muchos transeuntes que se dirigen al Centro Cívico, cerca del IGSS, la Municipalidad y el Ministerio de Finanzas Públicas, la Corte Suprema de Justicia, el Banco Central y como marco impresionalte las instalaciones del gran Teatro Nacional Miguel Angel Asturias, antes Castillo de San José.

SigloVeintiuno - mayo del 2002